Sintiéndome como Anton Ego, el de Ratatouille

Ratatouille es una película que fue estrenada hace ya demasiado tiempo como para ser noticia. A mí suele gustarme todo lo que hace Pixar, pero la verdad es que la historia de Remmy, la rata protagonista que -sin importarle la contradicción que eso significaba- soñaba con convertirse en chef, me cautivó por completo.

La trama de este largometraje animado es extensa y compleja, pero el desenlace es conmovedor: ante la esperada y temida visita de Anton Ego, el crítico culinario más despiadado e influyente de todo París, Remmy hace una receta simple: hornea un Ratatouille.

Al recibir el plato, Anton lo ve con desprecio, pero se dispone a probarlo… Lo que sucede después es simplemente magia audiovisual.

La pantalla nos muestra cómo ese ser despreciable, hacia el que en ese punto de la película toda la audiencia siente rechazo, cambia por completo al probar el primer bocado y regresa súbitamente a su niñez, a su vieja casa, a la cocina de su madre. Anton Ego, un ser aparentemente impenetrable, se transforma y se muestra vulnerable, extrañamente feliz. Y todo gracias a ese platillo, que le obligó a evocar los olores y los sabores de sus primeros años.

Todo esto viene a cuento porque este 03 de septiembre mi papá cumplió 55 años. Mi mamá, para homenajearlo y para mantenerse ocupada, preparó mucha comida. Estuvo cinco días diseñando el menú, buscando ingredientes y recetas, preparando cada plato.

Para la cena hizo un pollo en salsa blanca con un arroz blanco y ensalada de lechugas, además de un pasticho de berenjenas que no duró nada sobre la mesa. Para el postre se destacó con un pie de manzana, otro de limón, algunas fresas frescas y, para cerrar con broche de oro, su yacasiultrafamoso ponque con baño de chocolate. Y la verdad es que, sabiendo que pronto me mudo de país, disfruté esa cena como pocas.

Me transporté a otros tiempos, cuando todavía vivía en casa de mis papás y la vida era un poco más sencilla. Cuando la posibilidad de estar lejos de ellos no existía. Y me di cuenta, entre otras cosas, de que soy totalmente incapaz de imaginar como será mi vida cuando ese apartamento de menos de 200 metros cuadrados, en el que ellos todavía viven y en el que yo todavía hoy logro sentirme extrañamente segura, esté realmente lejos. Pero sobre todo, tomé conciencia de que mis cumpleaños no serán lo mismo sin ese bendito ponque.

¿Será posible extrañar algo que todavía se tiene?… ¿Habrá en Santiago de Chile alguna rata que sueñe con ser chef y que pueda cocinar para mí las recetas de mi niñez?

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