Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado

Yo sé que hay gente en este mundo a quienes los animales simplemente no les gustan o no les interesan. Yo sé que hay gente que cuando ve un perro en la calle siente miedo, indiferencia o alguna molestia. Pero yo, definitivamente no soy así.

Nunca he hecho gran cosa por los animales. No es que soy la loca señora de los gatos que aparece en Los Simpson, ni la abnegada adolescente que trabaja como voluntaria en una perrera. Tampoco soy vegetariana. No… Pero sí siento un amor y una afinidad inmensa por cuanto perro, gato, tortuga, caballo y demás animalitos existen sobre la faz de la tierra. Especialmente por los perros y los gatos (no critiquen, todos tenemos preferencias).

El amor por los perros creo que lo siento desde muy pequeña. En cambio, el amor por los gatos fue aprendido.

Hace exactamente dos años mi vida en pareja había alcanzado cierta estabilidad y yo me moría de ganas por tener una mascota. Pero la verdad es que mi estilo de vida (sin horarios, no sé cuándo entro y cuando salgo, hoy estoy en Valencia, mañana en Caracas y quizás pasado en Margarita) no me permite tener un perro y darle la atención que necesita y merece. Los perros son seres sumamente dependientes…

Estuve a punto de comprar un dálmata (bellísimo), luego J. y yo nos enamoramos de un coquer tremendo y desobediente. Pero no me atrevía, sentía que sería una maldad.

Entonces un jueves de noviembre, saliendo a la noche de una panadería en Valencia, lo vimos. Era tiernísimo, chiquito, flaquito, pero no indefenso. Nos lloró. Yo lo vi, le hablé (tengo esa extrañísima costumbre de hablarle a todos los seres vivos) pero seguí de largo y me subí a mi carro, dispuesta a arrancar. Pero J. había quedado cautivado y se atrevió a hacer la pregunta:

- ¿Qué pasa si nos lo llevamos?
- Pero es que yo nunca he tenido un gato – le dije.
- Ni yo – dijo él.

Mientras tanto el gatito miraba fijamente hacia nuestro carro.

- Hagamos algo. Abre tu puerta y si el gato se sube solo, nos lo llevamos. Pero no lo puedes agarrar, se tiene que subir solo – dije yo, completamente segura de que el gato jamás caminaría y saltaría hasta caer entre las piernas de J.

Supondrán ya que eso que yo creía imposible fue justamente lo que sucedió. Así que desde hace dos años, casi exactos, vivimos con Nacho, el gato más cariñoso del que yo haya tenido noticia alguna vez. No fue difícil aprender a quererlo y, a través de él, aprender a querer a todos los de su especie. Nunca tuve claro si fuimos nosotros quienes domesticamos al gato o si fue él quien nos domesticó.

Y ahora resulta que nos vamos a Chile y Nacho no puede venir con nosotros, así que me siento una mala, malísima persona. Aún no le consigo casa y esa es la cosa que más me preocupa de todo el hecho de mudarme de país… Ya lo extraño y todavía duermo con él. Es terrible, lo sé. Yo tengo grabada de por vida esa célebre frase que el zorro le dice al Principito cuando les toca despedirse: “Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado”.

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