¿Mejor vida?

Sigo inmersa en mi proceso de mudanza, que ha sido más largo de lo que hubiera deseado y tremendamente intenso. Yo no hubiera sido capaz de predecir que lo más difícil de hacer, el paso más duro desde muchos puntos de vista, iba a ser separarme de Nacho, mi gato, y garantizarle un nuevo hogar.

Cuando le dije a esto a mi abuela, ella me dijo de todo. Primero se hizo la ofendida y luego me preguntó que cómo era posible que la separación de mi mascota fuera lo más difícil. La respuesta es simple: parte del gran apego emocional que desarrollé con Nacho y que, a mi parecer, la mayor parte de las personas desarrollan con sus mascotas se basa en el hecho cierto de que son seres vivos que dependen casi totalmente de los cuidados, atenciones y cariños que cada uno les de.

No me quedan dudas de que extrañaré a mi familia y a mis amigos, pero ellos estarán bien sin mí. No me quedan dudas de que me hará falta el verano perenne, las palmeras que crecen casi en cualquier sitio, el agua azul y caliente del Mar Caribe o el humor y la solidaridad de los venezolanos, pero sé que esas cosas seguirán existiendo y que las volveré a tener a mano siempre que pueda viajar a mi país… Pero Nacho… ¿podría estar bien sin mí?

Después de hacer todo lo que me recomendaron (entiéndase: preguntarle a cuanto conocido tengo si querían/podían adoptar a un gato, pegar anuncios en tiendas de mascotas y consultorios de veterinarios, publicar notas en internet, contactar a grupos de apoyo a los animales, etc. etc.) sin éxito, el día en el que definitivamente tenía que tomar una decisión, llame a una conocida asociación de “defensa de los derechos de los animales” (más adelante entenderán por qué pongo esto entre comillas), esperando alguna otra sugerencia que no me se hubiera ocurrido o simplemente para averiguar si ellos sabían de alguien que estuviera buscando un gato en adopción.

Me atiende una mujer evidentemente joven. Le trato de explicar la situación. Ella no sólo NO me ofrece ninguna solución o sugerencia útil, sino que súbitamente comienza a convertirse en Dios y yo siento que he llegado al Juicio Final. La versión más cruel e implacable del dios pro-animales cuestionó todas mis decisiones empezando por la más elemental: “si no estás dispuesta a hacerte cargo del animal ¿por qué lo adoptaste?”…. y yo, sintiéndome la más culpable de las culpables, me puse a llorar cual Magdalena.

Que por qué no te lo puedes llevar al otro país. Que por qué estás tan urgida. Que por qué no lo resolviste antes. Que por qué adoptaste un animal SI VIVES ALQUILADA y sabes que es un riesgo que cuando tengas que mudarte sólo consigas un sitio en donde no te permitan tener animales. Sí señor, eso y más me dijo la súper defensora de las mascotas.

Yo, por supuesto, la debí mandar a la punta del cerro… pero no lo hice porque me agarró en el estado más álgido de mi vulnerabilidad. Lloré al teléfono como una pendeja. Y sólo después de que me oyó llorando como una niña de 2 años, mi interlocutora se “ablandó” un poco y entró en modo “comprensión”.

Entonces me dijo: “oye, no llores. Yo te voy a decir una cosa que sé que te va a sonar un poquito dura, pero te pido que lo tomes con calma. Si tu ya has tratado de conseguirle otra casa y no has podido, yo creo que lo más responsable que puedes hacer es practicarle una eutanasia a tu gatito. Piensa que al menos durante el tiempo que lo tuviste el tuvo una vida feliz y que, como ya no puedes seguirle garantizando esa vida, entonces lo mejor es eso. Nosotros lo podemos hacer, te garantizamos que él no va a sufrir”.

DEJEMOS ALGUNAS COSAS CLARAS: yo no estoy en contra de la eutanasia, ni en animales ni en personas; yo estoy convencida de que sí, de que si domesticas a un animal eres completamente responsable de él. Pero, ¿ES ESA LA ÚNICA SOLUCIÓN QUE UNA ONG PRO DEFENSA DE LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES PUEDE OFRECER EN ESTOS CASOS? ¿es el papel de esa persona en particular, que casualmente atendió el teléfono esa tarde, juzgar a quien llama sin conocer el contexto y su situación?

Cada quien tendrá opiniones distintas. Pero para mí sencillamente NO ERA UNA OPCIÓN matar a Nacho. No y no y no. Mil veces no.

Viendo toda la situación mi papá me ofreció la única opción que me resultó lógica: llevar al gato a su sitio de trabajo, en plena sabana venezolana, en donde hay mucho terreno para correr y muchos bichitos para cazar. Mi gato nunca fue esterilizado y eso me daba el consuelo tonto de que quizás no había perdido sus instintos y que iba a poder defenderse.

Ahora un gato salvajeLo hice lo mejor que pude: lo llevé yo misma y me quedé un par de días con él, acompañándolo, alimentándolo, caminando con él por los alrededores. Las dudas que tenía acerca de sus posibilidades y su bienestar se me quitaron muy rápido. El primer día Nacho ya estaba subiéndose a los árboles con una naturalidad tremenda y cazando cuanto insecto volador y cotejitos encontraba.

Le dejé una bolsa inmensa de comida, que le seguirán dando durante un tiempo, mientras aprende a vivir sólo de lo que cace y encuetre por ahí. Hoy, cuando me tocó despedirme, él no apareció. Mejor así. Ya lo extraño, pero quiero creer que eventualmente estará mejor allá, sin mí.

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